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Las escrituras fronterizas

 

-Le insisto en el diálogo que se da entre géneros, pero también en el rigor que obliga a distinguir las diferencias. Por ejemplo, se dice que el cine es el género que ha recuperado los hallazgos fundamentales de la narrativa. No sucede lo mismo con el teatro, por lo general a la zaga...

-Pues creo que el teatro está en medio. El cine es una forma narrativa visual, pero obviamente es una forma dramática. El guión cinematográfico y la película, son formas dramáticas, pero no es el escritor quien la hace sino el director. Estoy absolutamente convencido de que el autor de las películas es el director. La película es una forma dramática que descansa muchísimo más en la imagen y no tanto en el gesto de los actores. Estoy generalizando, lo sé. Hay excepciones muy importantes a todo esto que digo. Pero por lo general sucede así en el cine comercial que se realiza hoy. Cuando tengo la posibilidad de hacer un guión, trato de hacerlo con el director. Pero mi experiencia de toda la vida consiste en que me compran un guión en abstracto para ver quién lo dirige, lo cual me parece un procedimiento terrible. Yo lo vendo y no me quejo, pero lo que hago es dirigirlo en el papel, con el riesgo de incomodar a aquel que lo tome para su dirección. No puedes escribir un guión sin estar viendo distancias, emplazamientos, y demás. El guionista, el dramaturgo, termina dirigiendo sus propios textos desde el papel.

-¿La técnica del diálogo teatral y cinematográfico son muy distintas?

-En el cine tiene que ser más económico, no te puedes permitir las tiradas que tienen lugar en el teatro.

-¿Se requiere un mejor oído para el teatro y el cine que para el diálogo en una novela?

-Es un problema distinto y sí, de oído. Pero cada género te exige una cualidad auditiva distinta. El diálogo de cine debe ser más eficaz y tienes que descansar mucho más en la imagen. Entre menos hables en una película, mejor te sale. Las películas ideales tienden al cine mudo. En las películas de los años treinta, en estas comedias que nos gustaban tanto a los de mi edad, los personajes hablan demasiado, ya quieres se callen, que pase algo, son insoportables. Son mejor los melodramas, ahí se van a los acontecimientos, a la lágrimas, a las puñaladas; pero la comedia de cine de esos años se envejeció mucho, de repente algunas sí sobreviven con muchísima gracia pero la mayoría son vergonzosas por no haber descubierto el valor del diálogo.

-En su novela Un error de estilo el diálogo es un duelo de espadas como sucede a menudo en el teatro más clásico... -Bueno el diálogo de novela no sirve para el teatro y viceversa. Hay quienes dicen: Carballido dialoga así porque es dramaturgo, ¡Pamplinas!, el diálogo de novela si lo pones en teatro o en el cine, no sirve. Cuando Alberto Isaac hizo el guión de Las visitaciones del diablo, me dijo: ¡hay, respeté todo el diálogo!, y le digo pues hiciste mal porque no sirve para el cine, hay que rehacerlo. En la novela se habla muy artificialmente, eso no lo entienden ni los adaptadores ni los directores. En una novela como Un error de estilo te puedes permitir grandes exposiciones del tema, diálogos agudos y largos, muy expositivos, instalar una conjunto de personajes diciendo mil cosas, pero es algo distinto a lo que sucede en el cine y el teatro. Lo que hice en Un error de estilo se puede aprender muy bien si lees a Conrad, esas novelas suyas siempre con narraciones tan indirectas.

- Un error de estilo abre con una descripción, al modo de un narrador omnisciente, semejante a una acotación teatral. Después todo queda en manos del diálogo, como si ese narrador omnisciente repitiera la vieja lección: "había una vez..." Es un procedimiento muy familiar en Conrad y Melville.

-Sí, se hace bastante y puede ser agradable, yo tenía ganas de hacer eso. Lo hace mucho Maupaussant, que tiene cuentos singularmente narrados. En muchos de ellos el cuento es narrado por una persona que tiene un carácter determinado, dice Maupassant: y el viejo se sentó junto a la chimenea y dijo... y viene el cuento. No es Maupassant el que cuenta, es el viejo, un personaje narrador del que sólo se sabe que cuenta la historia. Eso te cambia la textura del relato y la intención de su lectura. Te da una pista maliciosa, tú sabrás si desconfías o no de los narradores. Por ejemplo, en Un error de estilo había muchas cosas que se calló la narradora, no sé si se adviertan.